Más allá del marcador: la violencia entre barras
Por: Mariana Roldan Reyes
Fotografía: Mariana Roldan y cortesías.
El fútbol es el deporte por excelencia, desde infancias hasta personas adultas mayores asisten a los partidos para apoyar a sus equipos favoritos, donde, sin duda, las emociones y sentimientos se desbordan. En este contexto surgen las porras, los gritos y comentarios ofensivos entre las y los aficionados que repentinamente escalan hasta las agresiones físicas.
Para conocer el trasfondo y las implicaciones de la violencia al interior de los estadios, en esta edición de Revista Gaceta UAEH, dialogamos con Gloria Contreras Jiménez, estudiante del doctorado en Ciencias Sociales y profesora del Área Académica de Comunicación de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo (UAEH).
La docente Garza, explicó que, al tratarse de un espacio ocupado mayoritariamente por hombres, se tejen redes de poder fundamentadas en el sistema patriarcal, en las cuales se busca demostrar que barra o equipo es el mejor. Para ello se utilizan cantos y rimas que enaltecen o menosprecian a determinados clubes deportivos, a sus jugadores y a sus seguidores.
Entre los recursos más comunes se encuentran adjetivos y expresiones que señalan características consideradas negativas en la sociedad, relacionadas con la orientación sexual, la complexión física, el color de piel, el estatus socioeconómico, la edad o el género. Esto, más allá de apoyar o no a un equipo, constituye una manera de definir y comunicar qué y quiénes son correctos o superiores.
Si el equipo pierde, pierde mi familia…
Pertenecer a un grupo organizado de aficionados implica adoptar las formas de pensar y actuar del colectivo; de lo contrario, existe el riesgo de ser excluido. Cuando el equipo obtiene la victoria, quienes lo respaldan experimentan ese triunfo como suyo y se apropian también del reconocimiento asociado al éxito. En contraste, una derrota representa la pérdida simbólica de ese prestigio, lo que puede generar una sensación de vulnerabilidad al verse cuestionados atributos vinculados con la masculinidad, como la fortaleza, el dominio y la capacidad de imponerse.
Es en ese momento cuando surgen esfuerzos por recuperar el honor del grupo: quiénes dicen los insultos más ofensivos, quiénes forman parte de la agrupación con mayor presencia o quiénes hacen más ruido. Sin embargo, con frecuencia la confrontación verbal se traslada hacia empujones, golpes o lanzamientos de diversos objetos.
¿Qué hay detrás de la violencia?
Desde la infancia, a muchos hombres se les enseñan conductas, valores y expectativas relacionadas con la fortaleza física así como la represión de emociones consideradas débiles, tales como la tristeza, el miedo, la decepción y la frustración. Sin embargo, estas emociones no desaparecen, sino que se acumulan hasta que surge un espacio donde su manifestación es socialmente aceptada.
Así, contextos como los partidos de fútbol pueden convertirse en escenarios donde algunas personas encuentran una vía para gritar, desahogarse, insultar o recurrir a agresiones físicas. Aunque muchos asistentes no participan directamente en estos actos, pueden verse inmersos en situaciones violentas y verse obligados a proteger su identidad física.
Un ejemplo de ello ocurrió durante el partido entre Atlas y Querétaro, disputado en 2022 en el Estadio Corregidora. Tras los enfrentamientos entre las barras en el área de gradas; familias, mujeres, adolescentes y niños abandonaron sus asientos e ingresaron a la cancha para alejarse de los disturbios y salvaguardar su vida.
Estas situaciones pueden generar distintas reacciones: mientras algunas personas las perciben como un hecho alarmante y preocupante, otras las asumen como parte de la normalidad. La falta de cuestionamiento refuerza la idea de que, en este espacio, las desigualdades, los insultos y otras formas de violencia pasan desapercibidas o se justifican como parte de la cultura futbolística.
Entonces, ¿el fútbol es para todos?
Aunque el fútbol suele promoverse como una actividad recreativa y familiar, las acciones de las personas adultas influyen en la experiencia y en los modelos de comportamiento que suelen ser replicados o asumidos como normales por niñas, niños y adolescentes.
“La presencia de consumo de alcohol, el lenguaje ofensivo y las peleas ocasionan que los estadios dejen de ser entornos familiares y seguros para las niñas, niños y adolescentes”, señaló Contreras Jiménez.
Entre insultos que asocian lo femenino con la debilidad, la inferioridad, la fragilidad o la incapacidad y frases referentes a la orientación sexual o identidad de género de jugadores y aficionados, la violencia verbal trasciende el terreno deportivo y contribuye a reforzar desigualdades y prejuicios presentes en la sociedad.
Una invitación a repensar la convivencia en los estadios
La docente Garza explica que, para reducir la violencia en los estadios, es necesario que la Federación Mexicana de Fútbol (FMF), los clubes y las autoridades implementen acciones de atención y de prevención, basadas en el diálogo con las barras y seguidores. Del mismo modo, resulta indispensable construir códigos de conducta que fomenten el respeto y la convivencia pacífica.
Por su parte, corresponde a los cuerpos de seguridad garantizar la protección de los asistentes y aplicar las sanciones correspondientes cuando se presenten actos violentos. Estas medidas también implican cuestionar prácticas arraigadas al fútbol como el consumo de alcohol, que suele estar vinculado con intereses económicos.
En este contexto, resulta necesario reflexionar sobre la manera en que se habitan los espacios deportivos y apostar por entornos más seguros e incluyentes, donde todas las personas puedan disfrutar de los encuentros, convivir con familiares y amistades o incluso asistir solas, sin que ello represente una situación de riesgo.