Revista Gaceta UAEH

El partido contra el reloj


Por Madeline Pech
Ilustración Madeline Pech


El partido contra el reloj

“Se les informa que el Metro se retrasará 30 minutos. Gracias”.


Me hubiera encantado que dijeran eso. Así no habría esperado tanto tiempo en vano y habría podido avisar que llegaría tarde a mi examen de Armonía o podría haber salido de la estación y llegar en un transporte alterno. Pero fue tan inesperado que confié en que todo se arreglaría rápido. No volverá a suceder, y menos en estos tiempos de Mundial.

Sonó el reloj. 05:30 de la mañana, martes 7 de abril. Me desperté motivado, desayuné, preparé mi lunch y metí mis plumas y lápices para mi examen en la mochila. Me sentí agradecido de estudiar Composición, porque imagínate tener que meter una guitarra a la mochila. No, gracias.

La hora estipulada para mi examen era a las 10:00 de la mañana. Iba con tiempo de sobra, alrededor de 40 minutos de colchón, porque no tolero llegar tarde.

Tomé mi primer transporte, un autobús que pasa a cuatro cuadras de mi casa y me encamina a Indios Verdes, a las 07:15 de la mañana. Alrededor de las 08:20 llegué al paradero. Como no había mucho tráfico en la autopista, llegué un poco antes de lo habitual y tenía aún más tiempo disponible.

Guardé mi celular y mi cartera al fondo de la mochila. Caminé tranquilo y confiado, aunque con cierta cautela para evitar algún asalto. Mi objetivo era llegar a la estación General Anaya.

Llegué a la estación Indios Verdes y aceleré un poco el paso para asegurar un lugar donde sentarme en el vagón. No lo logré. Los policías no nos dejaban pasar por los torniquetes porque ese día, en particular, había un mar de gente. Aunque dejé pasar dos trenes, no estuve ni cerca de conseguir un asiento.



Me quedé parado y, a mi lado, iba una persona con una camisa de tirantes. El olor de su axila era inexplicable para las siete de la mañana.


El partido contra el reloj 2

El trayecto avanzaba con relativa normalidad, considerando que la Línea 3 es una de las más utilizadas por capitalinos y mexiquenses. Pasamos dos, tres estaciones. Debía bajar en Hidalgo para transbordar. Sin embargo, íbamos tan llenos y amontonados que me fue imposible salir del vagón.

No fue un gran sacrificio porque esa estación es horrible. Con las remodelaciones, las escaleras quedaron prácticamente inservibles. Ya van varias veces que veo cómo personas de la tercera edad o gente que carga bultos se han caído porque las dejaron hundidas. Mejor no hubieran hecho nada.

Debía seguir mi plan B, que consistía en avanzar nueve estaciones más para llegar a Zapata. Por lo regular me toma unos 15 minutos llegar, pero el tren empezó a detenerse más tiempo de lo normal. No abrían las puertas ni daban explicaciones. Me tomó aproximadamente 20 minutos avanzar una sola estación.

Toda la gente, tanto dentro como fuera de los vagones, empezó a chiflar y a golpear las puertas. Los policías no hacían nada ni informaban lo que estaba ocurriendo. Ahí caí en cuenta de que había iniciado la huelga de los trabajadores del Metro.

Esta huelga comenzó por las inconformidades de los trabajadores con las remodelaciones. Totalmente me habría unido a ellos si no hubiera tenido que llegar a mi evaluación. Me parece un despilfarro de dinero porque, teniendo verdaderas necesidades como vías hundidas, pocas unidades e instalaciones obsoletas, decidieron enfocarse en lo estético y no en lo funcional. Pero, ¿quién soy yo para decidir en qué gastar el dinero público?



Para nuestra mala suerte, solo habían avisado que la protesta se realizaría, pero nunca dieron fecha ni hora. Mala suerte la mía.



Todo el mundo estaba nervioso. Yo no dejaba de mirar el reloj. Mi margen para llegar puntual se estaba agotando. Seguimos esperando y avanzando poco a poco. Varias personas salieron corriendo de los vagones, supongo que para tomar un taxi. Aunque yo quería hacer lo mismo, no contaba con el dinero suficiente, y menos para pagar uno en la Ciudad de México.

Confié en que sería un pequeño retraso, pero mi trayecto de 15 minutos terminó convirtiéndose en uno de 40. Después de tanto tiempo, pude bajar en la estación Zapata y corrí para transbordar a la Línea 12 con dirección a Ermita. Afortunadamente, esa línea no estaba tan saturada en el sentido que necesitaba.

Llegué a Ermita a las 09:55 de la mañana. Ni volando llegaba en cinco minutos a la Facultad de Música, porque todavía tenía que volver a transbordar para llegar a General Anaya. Ahora sí empieza lo mero bueno.

En internet dicen que el transbordo de la Línea 12 a la Línea 2 es de medio kilómetro, pero entre subir más de 30 escalones, correr por los pasillos, bajar otros 30 y soportar el calor acumulado por el retraso, aquel tramo se sintió eterno. Me sentía cansado, abrumado, pegajoso y harto de tener que soportar estos contratiempos por un Mundial que ni yo ni ninguno de mis conocidos podría disfrutar.



El partido contra el reloj 3

Ya me estaba rindiendo. Pasaban de las 10:00 de la mañana. Mi examen ya había comenzado y, peor aún, era con una de mis profesoras más estrictas. Estaba listo para regresar a casa, pero no podía hacer eso. No podía tirar la toalla. A pesar del polvo, del sudor y del olor a humanidad, había un sueño que cumplir y una responsabilidad que atender.

Subí al tren en Ermita. La siguiente estación era General Anaya. Bajé a las 10:10 de la mañana. Normalmente hago 15 minutos caminando desde el Metro hasta la escuela. Ese día lo conseguí en cinco. Llegué a las 10:20 al salón. Muy tarde, pero llegué. Tenía que presentarme a la prueba; no podía dejar morir mi sueño de convertirme en un gran músico por una mañana tan desastrosa.



Mi profesora no se molestó en preguntarme qué había pasado. Al verme completamente sudado entendió gran parte de la historia.



Después de un largo día en la facultad, lo único que quería era regresar a casa y descansar. Me colgué la mochila al hombro, salí del salón, respiré hondo y me preparé para enfrentar un trayecto tan caótico como el de la mañana. La única diferencia es que ahora tenía que subirme a la Línea B, mi mayor enemiga. La más utilizada por quienes regresamos al Estado de México. Pero si pude con ella por la mañana, podía hacerlo de nuevo. Aunque no voy a negar que la idea de repetir ese viacrucis me drena el alma.



Desearía no volver a pisar el Metro, pero este es el precio de perseguir mis sueños: soportar la miseria del trayecto de ida y vuelta.


El partido contra el reloj 4