Revista Gaceta UAEH

Entre árboles y neblina: la ciencia, tradición y vida que brotan de los hongos silvestres en Acaxochitlán, Hidalgo


Por Otilio Arturo Acevedo Sandoval, director de la Escuela Superior de Tlahuelilpan
Fotografía Cortesía y Chat GPT


Entre árboles y neblina: la ciencia, tradición y vida que brotan de los hongos silvestres en Acaxochitlán, Hidalgo

Entre los pliegues verdes de la Sierra Otomí-Tepehua, en Hidalgo, allí donde la neblina desciende al amanecer como un susurro antiguo y la tierra guarda secretos que solo se revelan a quienes saben escuchar, se encuentra enclavado Acaxochitlán, corazón vivo del bosque de niebla. Cada temporada de lluvias despierta un milagro discreto y poderoso: hongos silvestres que emergen del suelo húmedo como pequeños guardianes de la memoria.

No brotan únicamente como alimento; nacen como historia, como ciencia viva, como herencia que respira en las manos de quienes han aprendido a mirar el bosque con respeto. En esta región de extraordinaria riqueza biocultural, donde convergen saberes indígenas y conocimiento científico, los hongos representan una alianza profunda entre naturaleza y comunidad.

Se dice que en estos montes habitan más de 120 especies distintas, muchas de ellas reconocidas y utilizadas desde hace generaciones por los pueblos originarios. Pero detrás de cada nombre y de cada forma hay algo más valioso que cualquier clasificación: el conocimiento transmitido en voz baja, de abuelas a nietos, de madres a hijas, de nanakateras a aprendices. Un saber que no está escrito en libros, sino en la experiencia paciente de quien camina el monte con humildad.

Las nanakateras, mujeres recolectoras expertas, se internan en el bosque cuando apenas amanece. Avanzan con paso sereno, observan, tocan la tierra, distinguen lo comestible de lo tóxico, lo maduro de aquello que debe permanecer en el entorno para garantizar el ciclo de la vida. Ellas comprenden que recolectar no es tomar: es dialogar con el entorno. “El monte nos habla y nosotras le respondemos cuidándolo”, comparten en las ferias comunitarias donde celebran el fruto de su labor.



En sus manos no solo viajan hongos frescos; viaja identidad. Viaja la certeza de que tradición y futuro pueden caminar juntos.



La ciencia confirma lo que las comunidades han sabido desde siempre: los hongos son los ingenieros invisibles del bosque. Descomponen la materia orgánica y la transforman en humus fértil; tejen redes microscópicas que permiten a los árboles absorber agua y minerales; conservan la humedad en suelos inclinados; protegen cultivos y anuncian, con su presencia o ausencia, la salud del ecosistema. Donde hay hongos, hay equilibrio. Donde el bosque respira, ellos sostienen su latido.



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Hongos silvestres comestibles de la región de Acaxochitlán, Hidalgo



Pero más allá de su función ecológica, los hongos son alimento ancestral. Han nutrido a las familias de la región durante siglos, aportando proteínas, vitaminas y minerales esenciales, especialmente en épocas en las que otros cultivos escasean. Son parte de la soberanía alimentaria que fortalece la autonomía de los pueblos. Constituyen un sustento que no depende de mercados lejanos, sino del respeto por los ciclos de la tierra.

También son medicina, algunas especies alivian malestares, fortalecen el cuerpo, acompañan procesos de sanación. En la cosmovisión indígena, cada hongo es un regalo del bosque, una manifestación de la generosidad de la Madre Tierra. Recolectarlos implica gratitud, cuidado y conciencia.

Durante la temporada de lluvias, los mercados locales se llenan de aromas y colores. Las nanakateras y campesinos ofrecen hongos frescos, deshidratados o preparados en platillos tradicionales. Para muchas familias, este ingreso representa una parte esencial de su economía anual. No es un recurso menor: es un impulso silencioso que sostiene hogares, educación y bienestar comunitario. Lo que nace del suelo se transforma en dignidad.

Cada año, las ferias dedicadas a los hongos celebran esta riqueza, son espacios de encuentro donde el saber ancestral dialoga con investigadores; donde las recetas tradicionales conviven con estudios científicos; donde las nuevas generaciones descubren que la tradición no es pasado, sino raíz viva. Allí se reafirma que la cultura no se conserva en vitrinas, sino en prácticas que se renuevan.

Sin embargo, los bosques enfrentan amenazas, el cambio climático, la deforestación y el uso intensivo del suelo ponen en riesgo la delicada red de vida que permite a los hongos florecer. Perder una especie no significa únicamente perder un alimento: significa romper una cadena ecológica, debilitar una cultura, silenciar una enseñanza.



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Nanakatera de la región de Acaxochitlan


Cuidar los hongos es cuidar el bosque. Y cuidar el bosque es cuidar la vida.



La ciencia habla de resiliencia ecológica; las comunidades hablan de respeto. En el fondo, ambos lenguajes dicen lo mismo: solo aquello que se protege puede perdurar. Hoy, gracias al trabajo incansable de mujeres y hombres de Acaxochitlán, los hongos siguen emergiendo cada temporada como símbolo de resistencia. Son puente entre pasado y futuro, entre conocimiento ancestral y ciencia contemporánea. Son prueba de que la riqueza verdadera no siempre brilla: a veces brota humilde, después de la lluvia, entre hojas y neblina.

Porque cuando un hongo asoma en la tierra húmeda de la Sierra, no crece solo un organismo. Florece una historia. Se fortalece una comunidad. Se renueva una esperanza. Y tal vez la lección más profunda que nos ofrecen sea esta: la vida más valiosa es la que nace de la tierra, se cuida con respeto y se comparte con los demás.



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