
Migrar: La aventura de encontrarse
Por Isaac Darío Aguilar Ortega
Fotografía: Cortesía, freepik y pixabay

Vivimos en un mundo marcado por la incertidumbre, donde encontrar un espacio seguro nos reconforta y nos permite avanzar en las distintas etapas de nuestra vida, mientras buscamos plenitud y paz en medio del ajetreo diario. Sin embargo, no todas las personas encuentran lo que buscan en su lugar de origen, lo que las impulsa a aventurarse a lo desconocido con la esperanza de hallar algo mejor.
Migrar va más allá de cambiar de lugar, es dejar atrás todo lo que conoces y sientes tuyo para enfrentar un horizonte lleno de desafíos y aprendizajes. Esta decisión requiere de una gran valentía, ya que quienes la toman no abandonan sus miedos, luchas o sueños, sino que los llevan consigo para convertirlos en los cimientos sobre los cuales van a reconstruirse.
Como parte de la nueva sección de Revista Gaceta UAEH, “Fuera del Aula”, dedicadas a recopilar aquellas historias que esperan ser contadas, tuvimos la oportunidad de entrevistar a Diana Laura Rodríguez Guerrero, para conocer su experiencia como migrante.

El contexto migrante
Originaria de Ixmiquilpan, Hidalgo, Diana Laura creció en un entorno donde la migración era una realidad cotidiana. La zona del Valle del Mezquital se destaca por ser una de las regiones con mayor población que emigra, y el hecho de tener familiares que habían migrado la llevó a normalizar e incluso ver a la migración como una tradición.
Sin embargo, su decisión no estuvo basada únicamente en preservar la costumbre familiar, sino en otros factores como la situación económica y el estancamiento tanto profesional como personal. Para Diana, esta fue una oportunidad para empezar desde cero, asumiendo de manera consciente todos los retos que ello conlleva.
“Mi motivación fue buscar una mejor oportunidad. Estaba en un trabajo que no encajaba con mi perfil profesional, no había crecimiento ni me sentía feliz. Además, la mayoría de mi familia está en Estados Unidos, la oportunidad de volver a ver a mi papá, quien ha estado allí por más de veinte años, fue otro detonante que me impulsó a migrar”, compartió Rodríguez Guerrero.

De acuerdo al Consejo Nacional de Población de México (CONAPO), 327 mil 455 personas emigraron del país en 2024.
Enfrentando el proceso
El contar con un documento legal, ya sean permisos de tránsito o visas temporales, no exime a las personas en movilidad de correr el riesgo de ser detenidas o deportadas de vuelta a sus países de origen, debido a múltiples factores, entre ellos, el laborar sin tener la documentación necesaria para ello.
En el caso de Diana, las autoridades migratorias le otorgaron una visa de turista con una vigencia de seis meses para entrar a los Estados Unidos de América y poder reencontrarse con su familia. La joven hidalguense destacó que el contar con una carrera universitaria aumentó sus posibilidades de acceder a un visado.
Además de las cuestiones legales que se deben atender cuando sales del país, la ixmiquilpense tuvo que hacer frente a nuevas experiencias, como volar en un avión por primera vez y el choque cultural que conlleva interactuar con personas que no hablan tu mismo idioma.
“Llegue a un país completamente diferente, el clima, los alimentos, todo cambia. Estás acostumbrado a tener un fácil acceso al servicio médico, allá es más complicado, esos son los detalles que más extrañas. Tuve mucha suerte de llegar a donde viven mis hermanos, quienes me ayudaron a enfrentar lo desconocido, eso me permitió volver a conectar con mi familia”, externó.
Durante su visita también conoció de primera mano las condiciones laborales a las que se enfrentan las personas migrantes en el sector de la construcción y la hotelería.

El sueño americano
Aunque este viaje fortaleció sus lazos familiares, Diana también tuvo una rápida experiencia con el mercado laboral estadounidense. Gracias a sus hermanos, consiguió un trabajo en la construcción. El inicio fue complicado debido al esfuerzo físico que implica, además de la falta de un periodo de aprendizaje y capacitación, lo que hizo que las jornadas fueran agotadoras.
Afortunadamente, se presentó la oportunidad de trabajar en el sector hotelero, donde enfrentó altos estándares de calidad al atender una gran cantidad de habitaciones en tiempos estrictos, todo mientras mantenía una carga laboral intensa. A pesar de los desafíos que implicaba, el estrés era menor que en el ramo de la construcción, lo que hizo que la experiencia fuera más enriquecedora.
“Cuando no comienzas de la mejor manera, te cuestionas si valió la pena dejarlo todo. Sin embargo, este trabajo fue una muy buena experiencia, con ello adquirí más confianza y me animé a hacer más cosas, como moverme sola en la ciudad, tomar el transporte público, pequeños detalles que te ayudan mucho. Además, en el hotel pude conocer a más migrantes y sus historias”, agregó Rodríguez Guerrero.
“Tuve mucha suerte de llegar a donde viven mis hermanos, quienes me ayudaron a enfrentar lo desconocido, eso me permitió volver a conectar con mi familia”, externó.
El alma migrante
Las y los migrantes enfrentan peligros desde el primer momento que emprenden el viaje. Son muchos los casos en los que las largas caminatas, atravesar los desiertos, enfrentarse al sistema de coyotes o al crimen organizado transforman la idea del sueño americano en una pesadilla. Por si fuera poco, en muchas ocasiones llegan a un entorno hostil, donde la discriminación y el ritmo de trabajo representan un desgaste físico y emocional.
“Muchas personas llegan sin nada a dormir en las calles, padecen la indiferencia de sus familias o amigos. Lamentablemente existen casos donde la discriminación no viene de las personas locales, sino de los mismos migrantes”, indicó. A pesar de esto, la hidalguense resaltó el espíritu solidario que caracteriza a las personas migrantes, el cual denota la unidad y el deseo genuino de que existan mayores y mejores oportunidades para todas las personas.
Hoy, Diana se encuentra en México y algunas veces vuelve a Carolina del Norte, no como migrante, sino como una hermana que visita a la familia. Aún así, no olvida su experiencia, por lo cual hizo un llamado a la empatía con la comunidad migrante. “A quienes viven un momento de incertidumbre, les mando un abrazo a la distancia. Su país siempre los va a recibir de la mejor manera. Unidos somos más fuertes”, afirmó.
Migrar no solo se trata de aprender nuevas costumbres o integrarse a una sociedad distinta, es transformar la incertidumbre en oportunidades y descubrir capacidades o emociones que antes permanecían ocultas. Porque, como lo define a la perfección Diana: “La aventura más grande de migrar está en descubrir una nueva versión tuya”.
